Y la vida sigue… Confieso haber sufrido

Y la vida sigue. Confieso que he sufrido, marca un ante y un después en la obra ensayística y existencial de Ángel Almazán. Para muchos puede servir como libro de “autoayuda”

A la venta en Librería Las Heras.

ÍNDICE GENERAL

A modo de Isagoge (Mauro Zorrilla)
Introducción del autor: Al final del Viaje…

EL COMPONENTE SUBJETIVO
Primera estación. La fuente – Segunda estación. El complejo paterno – Tercera estación. Mi duelo – Cuarta estación: Cornelio, el amigo que el cáncer llevó a los Cielos – Quinta estación. Lo que pudo ser – Sexta estación. La herida de Amfortas, el viejo rey tullido del Grial

LA HERMENEUTICA JUNGUIAN
Séptima estación. Del complejo al arquetipo – Octava estación. El sacrificio del ego  – Novena estación. El arquetipo del Sentido Profundo – Décima estación. Comunión psíquica familiar

SUFRIMIENTO
Undécima estación. La queja de Job, el Justo Doliente – Duodécima estación. Las cuatro nobles verdades de Buda – Décimotercera estación. Ram Dass, karma yoga y la Gracia del Gurú

EL PUENTE ENTRE LA MATERIA Y EL ESPÍRITU
Decimocuarta estación. El nuevo paradigma cuántico – Decimoquinta estación. La sincronicidad y el Unus Mundus – – En torno a la sincronicidad – – Circunvalación en torno a la sincronicidad – – Unus Mundus, lo psicoideo y la sincronicidad

MUERTE Y MÁS ALLÁ
Décimosexta estación. Una ojeada escatológica – Décimoséptima estación. La vida más allá de la muerte – Décimoctava estación. Mundus Imaginalis – Décimonona estación. Conciliación de opuestos.

EPÍLOGO. La muerte como boda santa
– Escatología junguiana – – Meditaciones sobre el Meditador, la Realidad, la muerte y la inmortalidad

POST SCRIPTUM: Mundus Patet y la danza de las sincronicidades
– Introducción – – Mundus Patet – – Saliva – – Descenso y ascenso en los estados múltiples del Ser – – Sólo Él es la Realidad

 

TEXTO DEL PRÓLOGO (Mauro Zorrilla)

Hay seísmos interiores que en nada ceden ante los geológicos: causan el mismo o mayor espanto, sus sacudidas resquebrajan cimientos, no de edificios, sino de la personalidad de quien

los sufre (aunque La Caída de la Casa Usher, de Edgard Allan Poe traza un paralelo entre ambos), y los traumas que producen son tan duraderos como los de terremotos de triste recuerdo: Méjico, Perú, Agadir, Lisboa y tantos otros. Este libro que ahora abres, amigo lector, es la crónica de uno de estos seísmos interiores, la descripción minuciosa de su acontecer externo y la aventura psicológica y, sobre todo, espiritual que siguió a ese doloroso acontecer. Para el lector positivista – que alguno habrá – quizás esa diferencia entre lo psicológico y lo espiritual le parezca fuera de lugar, pero le emplazo a mantener ese criterio cuando finalice la lectura – el estudio, habría que decir, ya que la densidad de algunas páginas es tal que obliga a repasar lo leído, pues estamos no sólo ante un análisis de sentimientos, sino ante un texto erudito que enseña muchas cosas de las que no suele hablarse.

Análisis de sentimientos, se ha dicho, y se debería añadir que análisis despiadado. No se espere encontrar aquí evocaciones melifluas o complacientes: el bisturí de Ángel Almazán de Gracia, afilado como cimitarra, puede cortar en el aire un cojín de seda, como es fama que hizo Saladino ante Ricardo Corazón de León después de que el rey inglés demostrase la fuerza de su espada partiendo con ella el férreo mango de una maza de guerra (así lo cuenta Sir Walter Scott, al menos; cierto o no, vale para ilustrar lo que expongo). La sutileza no resta eficacia, sino que es un valor añadido para quien la sabe usar. El autor de este libro sabe hacerlo, nadie puede dudarlo tras su lectura.

Ángel Almazán amaga ya la cincuentena y más de la mitad de ese tiempo, ya dilatado, ha sido un viaje espiritual empujado por ese algo inasible a lo que, a falta de otra palabra mejor, podemos llamar Gracia, palabra que – ¿coincidencia significativa junguiana? – forma parte de sus apellidos. Del seminario diocesano de su infancia y adolescencia – del que confiesa que “salió rebotado” – al ateísmo, y de éste a una búsqueda incesante de su verdadera naturaleza; desde sus primeros encuentros con la Psicología Analítica de Carl Gustav Jung al estudio de las rigurosas concepciones del franco-egipcio René Guénon; desde los místicos de toda raíz, especialmente los de raíz sufí, a los metafísicos del Vedanta Advaita, hasta recalar a la sombrade la  sabiduría de Sri Bhagavan Ramana Maharshi, donde ahora descansa, goza de la fresca aurora y medita sobre su propio Ser. Éste ha sido su Viaje y es desde ahí desde donde disecciona sus sentimientos ante la gravísima enfermedad de su padre, recupera la muerte de su madre, convierte el más nimio recuerdo en fuente de reflexión y se vuelve entomólogo de sí mismo, no sólo como propia terapia – se puede pensar – sino por dejar franco y desbrozado el sendero por el que sus hijos habrán de caminar algún día.

Como lo que vale para unos pocos vale con frecuencia para muchos, desbroza también Ángel Almazán un sendero que podemos recorrer sus lectores, un sendero que, de hecho, la vida nos ha obligado a recorrer una y otra vez, ora a tientas, en la temible oscuridad, ora tropezando con piedras y raíces, o dejando nuestra piel en los espinos. Este libro, más que un diario, como a veces lo llama Ángel, se puede tomar como cuaderno de bitácora que el navegante solitario entrega a las olas dentro de una botella, para que otro solitario tenga ocasión de instruirse en los peligros de la Mar Océana que un día u otro habrá de cruzar.

He de terminar, pues Ángel quiere llevar el texto a imprenta mañana mismo. Sea cual sea la razón por la que este libro ha llegado a tus manos, enhorabuena. Tendrás oportunidad de aprender en él que, en última instancia, todo es muy sencillo.

INTRODUCCIÓN DEL AUTOR – Al final del Viaje…

Este diario que inicié el 13 de agosto y concluí el 9 de noviembre de 2008 se está convirtiendo en un libro en este instante en que hoy, 25 de marzo de 2009, he decidido escribir esta Introducción. Es un buen día para ello pues, en la liturgia cristiana, hoy se rememora la Anunciación de Gabriel a María de la encarnación del Verbo, un tema tan profundamente simbólico que sobrecoge al entendimiento racional y hace vibrar al alma sensible, especialmente si se ha leído y meditado en lo que escribieron al respecto el gran maestro sufí Rumi

(1207-1273) y el monje neoplatónico dominico Meister Eckart (1260 –1328).
Las vivencias, pensamientos y sentimientos que algunos autores han tenido en su vida y que, superando temores diversos, lo plasmaron por escrito y publicaron, han sido fundamentales en mi vida. Si ellos tuvieron el valor o sintieron una obligación interna de llevarlo a cabo, de mostrarse tal cual eran, por qué no habría de hacer yo lo mismo. Cada ser humano aporta a la comunidad humana de su entorno lo que puede. Mi sino es tener facilidad para la escritura y haberme aventurado en el mundo editorial, así que tengo que asumir este karma y ésa es una de las razones por las que este diario se está convirtiendo, con esta Introducción, en libro.

El diario describe la situación anímica por la que atravesé debido al ictus agudo sufrido por mi padre, que le dejó minusválido, sin poder hablar ni tragar nada, hospitalizado durante dos meses e internado después en una residencia de ancianos. El dolor que aquello me provocó me forzó a buscar respuestas a tal desconsuelo y llanto. Indagué en mi interior, me autopsicoanalicé junguianamente centrándome en la relación hijo-padre fundamentalmente, leí obras de autores nuevos que desconocía y releí obras de mis maestros vedantinos queridos, y escribí y escribí el diario para que mis hijos tuvieran testimonio mío sobre estos temas tal y como los sentí en el palpitar de mi corazón sufriente… para que pueda servirles en el futuro, cuando posiblemente yo o su madre, u otros seres queridos, sufran una enfermedad grave, una minusvalía considerable o el Señor los acoja en su seno. Es, pues, una especie de testamento. Ya que yo y mi padre jamás entablamos una conversación sobre estas cuestiones vitales, al menos ellos, Natalia y Diego, tendrán este diario como testimonio de su padre.

Asimismo, al transformarlo en libro, confío en que sirva de ayuda igualmente a otras personas.

He aprendido que se quiere a las personas allegadas afectivamente muchísimo más de lo que uno cree y que aquellos que están más próximos a tu corazón son por los que más vas a sufrir.

He constatado que siempre se pudo o se puede ser mejor padre, pero que también siempre se ha podido ser o se puede ser mejor hijo. Y que, en todo caso, en situaciones límites provocadas por enfermedades, accidentes graves, minusvalías importantes o fallecimientos, nada importa lo que aconteciera anteriormente porque todo aquello “ya pasó” y no tiene ningún sentido enfocarse en sentimientos negativos de ningún tipo puesto que ahora hay que hacer “borrón y cuenta nueva” en la nueva relación interpersonal originada por la desgracia que sea y, en el caso extremo de que haya fallecido ese ser querido, menor sentido tiene recriminarle o recriminarse nada.

¿Por qué se da el Mal? ¿Por qué Dios consiente el sufrimiento indiscriminado? ¿Por qué se ha de morir de cualquier manera y en cualquier momento, lugar y situación..? ¿Hay otra vida más allá de la vida terrestre..? Éstas y otras preguntas se encuentran en el “cogollo” del diario. Buscando nuevas respuestas o la ratificación de algunas encontradas tiempo atrás encuadradas ahora en el Vía Crucis que vivía, leí y medité… El resultado son estas páginas en las que se muestra mi vivenciar en amplitud (la horizontalidad de los sentimientos humanos nuevos vividos) y en altitud (el remonte hacia el Espíritu que adoptó mi psique instintivamente para renacer cual ave Fénix).

Sobre la muerte hay, ciertamente, bastantes páginas escritas en este diario-libro, pero quizás falten algunas líneas en las que específicamente resuma mis últimas concepciones al respecto, las cuales encuadro dentro del gran marco del Vedanta Advaita por lo que supongo que resultará de difícil comprensión para muchos.

En un email que escribía recientemente a Mauro Zorrilla –a quien agradezco de corazón su prólogo y revisión de este libro– le señalaba que en El Burgo de Osma, en casa de mi padre, tuve el 19 de marzo (Día del Padre) una intuición al respecto. Y se la resumía así: “Hasta que el alma no se desliga de «lo mundano-corporeo-psíquico terrestre», el cuerpo no fallece en casos prolongados como el de mi suegro…Y en casos de accidentes, etc., el alma se encuentra «atónita» ante el hecho acaecido y, basándose en sus esquemas mentales adquiridos en este plano de la existencia, no sabe cómo reaccionar y se marcha, y con ello los constantes vitales se quedan en cero y el cuerpo fallece. No es el cuerpo el que determina la muerte, sino el alma, perpleja, que «se evade» a otros «mundos sutiles» donde sigue «viviendo psíquicamente en cuerpos sutiles” dentro del «Mundus Imaginalis». Los gnósticos son los únicos que se liberan de ello”.

Esta imaginalización sobre la muerte irrumpió en mí mientras leía el libro de W.C. Chittick titulado Mundos Imaginales: Ibn al Arabi y la diversidad de las creencias. Y en su primera página escribí, en verde, lo que sentí, que paso a transcribir a continuación y, con ello, concluyo esta Introducción.

Esta meditación es sobre la muerte como ruptura del alma con su cuerpo psicosomático en una situación-límite que deja a la mente en tal estado de perturbación, de confusión o angustia, que queda como paralizada, desorientada, “fuera de juego”, sin apoyo firme, perdiendo la fe en sí misma como “ente” que puede seguir “existiendo” en el mismo “mundo” y “cuerpo” en el que estaba o parecía estar.

En tales situaciones-límite se extinguen instantáneamente las coordenadas espacio-temporales y el propio “cosmos” se queda Vacío, Sin-Nada, Oscuro… La mente no “sabe” seguir, no sabe continuar “existiendo” y, entonces, sobreviene la muerte y el cerebro y el corazón de paralizan.

Estas situaciones-límite tienen como ejemplos comprensibles a los asesinatos, accidentes mortales en medios de transporte (coches, aviones, etc.). La mente es incapaz de seguir “pensando” normalmente en su mundo y cree que está falleciendo y, así, muere. En correspondencia a tal creencia mental, el cuerpo muere.

Por tanto la “desconexión” primera es la del alma con el cuerpo, y no al revés. Mientras el alma sigue “vinculada imaginalmente” al cuerpo que considera que es su “yo manifestado”, la vida continua corporalmente.

Esa “muerte”, según los textos religiosos, se encontrará luego en un “barzak” –una zona intermedia sutil, psicoidea quizás-, donde, tras un “período” de confusión y adaptación, buscará y encontrará otros “cuerpos” –sutiles y no groseros como el terrenal- para proseguir “viviendo” en Paraísos, Purgatorios, Infiernos.., hasta que se “descorporalice” del todo al ser “Consciente

Plenamente” y “subsumirse” en el Espíritu, en Sat-Chit-Ananda, que dejará de “soñarla” inmediatamente al “integrarse” lo fenoménico en lo Nouménico-Indescriptible, en la No-Dualidad, el Tao, la Identidad Suprema.

 

ÚLTIMAS DOS PÁGINAS DEL LIBRO Sólo Él es la Realidad

Soria. 11 de noviembre de 2008

He asistido a bastantes funerales, pero la homilía más profunda que he escuchado durante la misa fue la que pronunció don Rufo Nafría, el párroco de San Francisco, este domingo.

Durante muchos años creí que la frase que Jung colocó en el dintel de su puerta y que se encuentra en su estela funeraria “Vocatus adque non vocatus deus aderit” (Llamado o no llamado, Dios está presente), era de san Pablo. No lo es, pero san Pablo sí que ha escrito en sus epístolas expresiones similares, como no podía ser menos dada su gnosis, alcanzada en un “ascenso al tercer cielo”, como el mismo confiesa.

Don Rufo leyó una frase trascendental de San Pablo, propia de la “Philosophia Perennis”, que es de la “Epístola a los Romanos” 14,7: “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para

el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos”.
No hay más que decir. Lo Absoluto es lo Infinito. Nada hay ajeno a Él, en cuya infinitud, concibe todos los universos materiales y psíquico-sutiles. En Él estamos y Somos. Ya lo dijo también Ibn al Arabi: “…Y vine desde Él, por Él y a Él”.

Comencé este diario con mi corazón roto ante la fuente de Tajueco y el poema machadiano del manantial oculto del corazón y quiero acabarlo con este poema de Rumi sobre la fuente de las fuentes.

Cuando llegaste a este mundo
frente a ti se abrió una puerta
que tú eliges traspasar.
De la tierra fuiste planta
y de la planta animal.
Después fuiste un ser humano:
de fe, de intelecto
y de conocimiento estás dotado.
Mira este cuerpo de polvo,
¡qué perfección ha logrado!

¿Por qué has de temer su fin?
¿Has perdido alguna vez
algo al morir?

Al dejar tu forma humana
un bello ángel serás
y tu libertad surcará
los horizontes del Cielo.
Mas no te detengas ahí
pues los cuerpos celestiales
también se hacen viejos.

Trasciende ese mundo divino
y arrójate de cabeza
al vasto océano de la Conciencia.
¡Que la gota que ahora eres
engendre infinitos mares!

Amigo mío,
amigo querido,
escucha a Rumi:
No sólo la gota se convierte en océano.
Ese océano de Amor
lleva en sí
¡esta gota!

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