LOS MAYOS: UN RITUAL ANCESTRAL VIGENTE
ÁNGEL ALMAZÁN - 30/04/2003

El 1 de mayo, fiesta céltica de gran importancia, mantiene en numerosas localidades de Soria y de Castilla y Léon un viejo rito: la pingada de los mayos (las imágenes son de S. Leonardo de Yagüe)
 

Mayo es el mes de la naturaleza exultante y del amor. Ritos ancestrales -ahora desacralizados- festejan este sentir popular, destacando entre todos ellos la «pingada» de un buen ejemplar de pino, álamo o chopo, denominado «mayo». En torno a él se renuevan, consolidan y acrecientan los lazos tribales de los vecinos entre sí y los que, de forma más o menos consciente, mantienen con la naturaleza.


Los etnólogos y simbólogos no dudan del origen pagano del «mayo». La Iglesia intentó suprimirlo y allá donde prevaleció la tradición lo asimiló cristianizándolo a través de festividades como «Santiago el Verde», la Cruz de Mayo, San Gregorio y Santa Quiteria. Julio Caro Baroja ha documentado esta situación en su libro "La estación del amor".


Algo trascendente deben tener estos rituales de la primavera para poder sobrevivir durante milenios. Es más, el alzado y puesta en pie del «mayo»-árboI se realiza a veces en pleno verano, como sucede con el "Árbol de San Juan" en las comarcas de Ciudad Rodrigo y la sierra salmantina, en la soriana San Pedro Manrique, o en en la pinariega Vinuesa, locaIidad soriana que alza en la plaza un pino albar el 14 de agosto.


Estas «replantaciones rituales» del árbol se llevan a cabo en las fiestas patronales y parecen apoyar la tesis del historiador de las religiones, Mircea Biade, cuando afirmna que el «mayo» y los llamados «cultos de la vegetación" son manifestaciones de la «idea de la regeneración colectiva de la humanidad por su participación activa en la resurrección de la vegetación».


En este contexto no es la primavera (o el verano) quien origina los rituales, sino que es el ritual quien le otorga un "sentido" (en el significa junguiano de la expresión) a la estación. Es precisamente el «simbolismo y ritual quienes hacen patente la regeneración de la naturaleza y su repetición».



Los «mayos» de Castilla y León




Generalmente, la tala del «mayo» tiene lugar el último día de abril y se pinga en la plaza del pueblo el 1 de mayo. Así sucede en San Leonardo de Yagüe, localidad soriana donde, al iguaI que en muchas otras localidAdes, se recuperó esta tradición en los aires nuevos de la democracia. Es en esta comarca soriano-burgalesa de Pinares donde se encuentra la mayor concentración festiva de «mayos»: Salduero, Molinos de Duero, Navaleno.., en la parte soriana, y por la parte burgalesa colocan el «mayo» en Quintanar de la Sierra, Hontoria del Pinar, Fuentespina, Fuentelcésped, Quemada, Santa Cruz de la Salceda y Zazuar.

En Valladolid destaca el «mayo» de Iscar, y en Palencia, el de Otero de Guardo, aunque también es costumbre alzarlo en toda la zona de los pantanos y en la sierra próxima con León. Por Segovia se pinga el «mayo» en Calabazas, Fresnada, Fuentepelayo y Mata de Cuéllar, entre otros. Zamora los coloca en la Tierra del Pan y en la de Sayago.
En la provincia de León, sobre todo en la Maragatería, se añade al «pinocho" o enramado del tronco desnudo de la picota del «mayo» un pelete o muñeco que también se conoce con el nombre de ««mayo». Este pelele se localiza, igualmente, en la Alta Sanabria zamorana.


Es costumbre en muchos de estos lugares situar roscas y otros regalos en lo más alto del «mayo", Los mozos tienen que demostrar su destreza y trepar arriba para recoger el premio en un gesto de hombría que, en la antigüedad, era un "rito de paso" por el que el adolescente era admitido entre los adultos.


Una interpretación junguiana considera que esta prueba iniciática rememora simbólicamente el mito del "Tesoro difícil de alcanzar", escondido o situado junto a un árbol que es protegido por una serpiente, un dragón u otro monstruo. Los arquetipos del «Árbol Sagrado» y del «Tesoro difícil de alcanzar» se manifestarían de esta forma folclórica sin que los mozos se dieran cuenta de que repiten un mitologema inscrito en el inconsciente colectivo.


Otra forma de expresar el resurgir de la naturaleza son los «mayos» y «mayas» personificados, que pueden ir o no vinculados al «mayo»-árbol. En Castilla y León, la niña o joven «maya» vestida de blanco con guirnaldas de flores es casi inexistente. Los «mayos»-mozos, por contra, aún se pueden ver en bastante poblaciones, por ejemplo en la
leonesa Villafranca del Bierzo. En estas manifestaciones el hombre, y su ligazón con la naturaleza, muestran un simbolismo ancestral vinculado a teofanías, hierofanías y epifanías de la vegetación, que permanecen escondidas en el inconsciente colectivo.




El simbolismo del árbol




Una visión «naturalisla» de los «mayos» llegaría, como mucho, a asociar estos ritos al resurgir de la actividad agraria. Pero el estudio comparado de las religiones, la antropología simbólica de Jung y la recopilación de datos etnológicos evidencian que el «mayo» se inscribe en una experiencia -antaño religiosa y hoy profana- del 'Mundo' que aún permanece en los sustratos del inconsciente colectivo.


Si nos limitamos a Occidente, los mitologemas precristianos e incluso las leyendas de los evangelios gnósticos cristianos y los escritos alquimistas medievales aportan la documentación suficiente para asegurar que los «mayos», en sus diferentes representaciones, simbolizan multitud de situaciones arquetípicas de carácter espiritual que antaño eran sentidas, comprendidas y asimiladas más fácilmente que en estos tiempos modernos desacralizadores de la naturaleza.


Sin embargo, esa «participación mystique» (en la terminologia de Lévy-Bruhl), que tuvo el europeo en la antigüedad con la naturaleza y el "mundo de lo sagrado", aún acompaña al hombre moderno, si bien se localiza en su inconsciente. De ahí que sigan festejándose los «mayos» y sean celebrados con danzas y otros actos comunitarios, tal y como se ha hecho siempre entre los pueblos indoeuropeos, como documentó Leopold von Schroeder.


Es preciso, por tanto, volver a la «experiencia religiosa» para redescubrir el hondo significado de estos rituales.


Mircea Eliade apunta algunas conclusiones: «Al nivel de la experiencia profana, la vida vegetal no revela más que una serie de "nacimientos" y de "muertes". Es la visión religiosa de la vida lo que permite "descifrar" en el ritmo de la vegetación otros sentidos y, en primer lugar, ideas de regeneración, de eterna juventud, de salud, de inmortalidad». Símbolos que, según Jung, se reactualizarían en la psique humana con estos ritos, renovando el fluir de la energía psiquica hacia nuevos cometidos por medio de cíclicos movimientos de introversión y extroversión de esta energía psíquica.


La complejidad simbólica del árbol ha sido resumida por Jung en «Símbolos de Transformación", Mircea Eliade en "Tratado de Historia de las Religiones", Juan Eduardo Cirlot en "Diccionario de Simbolos" y Chevalier y Gheerbrand en un descomunal e insuperable "Diccionario de Símbolos".


Estos investigadores afirman que el árbol simboliza la vida en perpétua evolución, evoca el carácter cíclico de toda evolución fisica y psíquica, pone en contacto los "tres mundos" de las religiones tradicionales y del esoterismo y, además, «simboliza la evolución vital de la materia al espíritu: de la razón al alma santificada; todo crecimiento dísico, cíclico o contínuo, y los órganos mismos de la generación: toda maduración psicológica: el sacrificio y la muerte, pero también el renacimiento y la inmortalidad».


Árbol de la Vida, Árbol del Mundo, Árbol-Cruz, Árbol Cósmico y Árbol-Dios son modalidades de un mismo arquetipo del Inconsciente Colectivo que intentan manifestarse en el folklórico «mayo», y el hombre del campo -inconscientemente- contribuye a ello con el rito, a través del cual se cumplen diferentes mitos.


Publicado en "El Norte de Castilla", 15-mayo-1988, con el título de: "Plantar el mayo, un rito colectivo revivido en toda la región".

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