Experiencias Cercanas a la Muerte en Al Otro Lado del Túnel - J.M. Gaona Cartolano
Reseña editorial Esfera de los Libros - 9/25/2013

¿Qué hay antes y después de la muerte? ¿Una intensa luz nos muestra siempre el camino? ¿Todos atravesamos un largo túnel para volver a la vida? ¿Qué vemos desde allí y qué sentimos? ¿Con quién nos encontramos?
 

FICHA TÉCNICA

Título: Al otro lado del túnel
Subtítulo: Un camino hacia la luz en el umbral de la muerte
Autor: Dr. José Miguel Gaona
Colección: Psicología y salud
Páginas: 432
Fecha de publicación: 04/09/2012
Editora: La esfera de los libros


- La vida en una «película» y la vuelta atrás
- Técnicas para acercarse a una ECM
- Viajes astrales y salidas extracorpóreas
- Sensación de presencias. ¿El ángel protector?



Desde una aproximación divulgativa pero de carácter científico, el psiquiatra José Miguel Gaona nos explica en las páginas de este interesante libro en qué consisten las experiencias cercanas a la muerte (ECM). Con numerosos testimonios de personas creyentes y no creyentes que han sufrido el llamado «efecto túnel», analiza cuáles son los elementos que forman parte de este viaje de ida y vuelta: los sonidos de la muerte, la luz, los viajes astrales, las visitas de familiares anteriormente fallecidos…

Como afirma en el prólogo Raymond Moody –autor del exitoso Vida después de la vida-, «los investigadores de todo el mundo comienzan a descubrir que las profundas experiencias espirituales de los moribundos resultan difíciles de explicar». Y en palabras del Dr. Gaona: «Lo que nos estamos jugando al intentar comprender en qué consisten las ECM no es solo si existe vida más allá de la presente, sino también si podemos entender los complejos modelos de conciencia, incluyendo la percepción sensorial o la memoria, ya que estos procesos podrían estar enfrentados a los conocimientos actuales de la neurofisiología».


UNAS PALABRAS DEL AUTOR


La muerte ha sido siempre motivo de fascinación para muchas personas, pero también lo es para quien escribe estas líneas. El primer fallecimiento que presencié en mi vida fue el de una persona que había caído por accidente desde los tajamares del río Mapocho en Santiago de Chile cuando, durante una otoñal tarde de domingo, se había sentado imprudentemente en su borde, perdiendo el equilibrio y precipitándose de espaldas directamente hacia el lecho fluvial.

El río se encontraba a un bajo nivel de agua y el adoquinado del fondo estaba al descubierto, por lo que hizo de duro colchón en su caída. El cuerpo parecía un muñeco retorcido a pocos metros por debajo del nivel de la calle. No presentaba ni una sola herida abierta. Aparentaba estar dormido. Era el mismo cuerpo que pertenecía a una persona hacía tan solo unos momentos, pero algo se había esfumado. Algo había cambiado. Yo debería tener unos siete años y ya comencé a hacerme preguntas acerca de la delgada línea que separa la vida de la muerte.

Años más tarde comencé a estudiar Medicina, y durante los veranos trabajaba de voluntario en Anatomía Patológica en uno de los mejores hospitales de Madrid. Cada mañana bajaban a los fallecidos a ese subsuelo que se encontraba impregnado de olor a formol y fluidos corporales por doquier.
La sensación era extraña. Al realizar la necropsia podía apreciar hasta lo que habían comido la noche anterior. En otras ocasiones descubríamos para nuestra sorpresa que si bien, por ejemplo, la persona había fallecido de un infarto cardiaco masivo, además estaba desarrollando un tumor de riñón que le habría fulminado en pocos meses. Tumor cuya presencia desconocía por completo su propietario. Era como si el destino le hubiera jugado una mala pasada al pobre finado.

En aquella época, el doctor Raymond Moody sacaba a la luz su primera obra, Vida después de la vida. También en aquellos años la doctora Elisabeth Kübler-Ross ya era popular entre el gran público con sus teorías sobre el significado de la muerte en los seres humanos.

No es casualidad que ambos autores sean psiquiatras. Después de todo, el término «psiquiatra» posee un bello significado etimológico: «médico del alma», significado que podría ser consecuente con la búsqueda o, al menos, el estudio de lo que tradicionalmente ha sido considerada «el alma», también llamada por otros «consciencia», si bien este último término destila un vapor neurológico que a algunos se les atraganta.

Al acabar la carrera y realizar la especialización, trabajé para una organización internacional en varias guerras, por lo que, una vez más, la cercanía de la muerte era constante. En Mostar fallecían personas por las consecuencias de la guerra: heridas, explosiones, carencias médicas, etc. Sin embargo, advertí algo que me llamó mucho la atención: algunas personas morían sin causa aparente. El estrés continuo parecía hacer mella en su organismo hasta provocarles el fallecimiento. El poder de la mente era tan contundente que me hizo replantearme la complejidad del organismo. Ser consciente de la importancia del influjo de la mente sobre el cuerpo. Un acercamiento al dualismo.

También en aquella época abrí en España el primer centro para diagnosticar a pacientes de sida. Contacté con el que posteriormente sería premio Nobel, Luc Montagnier, en el Instituto Pasteur de París, quien me envió varios lotes del primer test que existía en el mundo para localizar anticuerpos del virus en el plasma de la persona afectada. Los resultados fueron aterradores. Descubrimos que el 75 por ciento de los drogadictos en España eran portadores del virus, pero también fui testigo de algo que me hizo reflexionar: el paciente contagiado podía encontrarse en perfecto estado de salud, ya que la progresión de esta enfermedad es afortunadamente lenta en la mayoría de los casos, pero, al comunicarle que era portador del virus del sida —enfermedad que, además, en la década de los ochenta poseía unas connotaciones sociales y personales propias de un apestado amén de un tratamiento ineficaz—, la persona entraba en un
estado psicológico depresivo acompañado de conductas autodestructivas que, paradójicamente, le llevaba directamente a la muerte. Muchas veces sin el menor,síntoma de las dolencias asociadas al sida. Una vez más, el poder de la mente.

Muchas de esas personas que consumían drogas, particularmente en aquellos años heroína inyectada, solían padecer sobredosis que les producían paradas cardiorrespiratorias.

Mi interés por las drogas y sus efectos sobre las personas hizo que mi tesis doctoral versara justamente sobre estas cuestiones, por lo que entrevisté a centenares de toxicómanos.

En muchas ocasiones, los servicios de urgencias llegaban a tiempo para devolver a la vida a un individuo que estaba sin pulso, pálido y con los labios amoratados. Las historias que contaban chocaron inicialmente con el muro de mi escepticismo científico: túneles, luces, familiares ya fallecidos… Pensé que podía ser el mero efecto de las drogas sobre el cerebro, pero, en ocasiones, no eran ya muertes por sobredosis, sino shocks anafilácticos debidos a que la droga estaba adulterada por cualquier sustancia a la que el sistema inmunológico del adicto reaccionaba violentamente, como quien es alérgico a la picadura de las abejas. Es decir, su organismo contenía de todo menos droga, y, sin embargo, los sufridos toxicómanos presentaban los mismos síntomas que el doctor Moody hacía populares por aquellos años.
Cuando comentaba a mis profesores este tipo de cuestiones tan solo me contestaban: «Será algo del cerebro», pero lo cierto es que nadie investigaba el fenómeno ni ahondaba en él más allá de un comentario simplista.

Algunos pacientes —llegamos a tener más de diez mil historias clínicas— padecieron no una, sino dos ¡y hasta tres experiencias cercanas a la muerte! Una y otra vez eran resucitados hasta que lo que contaban parecía una réplica de lo anterior. Pero lo que más llamaba la atención no era la historia en sí misma. No era el relato ni su secuencia, sino la profundidad y la absoluta certeza de que lo que habían vivido era real.

No se podía ni siquiera discutir la cuestión ya que algunos se sentían sinceramente ofendidos cuando alguien mostraba dudas sobre su experiencia. En otros, la experiencia cercana a la muerte se unía a la percepción de salir fuera del cuerpo y, dentro de ese viaje, observar lugares o situaciones supuestamente distantes que luego, para sorpresa de todos, parecían coincidir con lo ocurrido.

El ir aumentando mis conocimientos de neurología al mismo tiempo que mis investigaciones acerca de este tipo de fenómenos me hizo descubrir que ya existían referencias a las mismas desde hacía muchos siglos. Más aún, comencé a pensar que muchos de los conceptos que prácticamente aparecen en todas las escrituras sagradas de cualquier religión (figuras divinas de luz, ángeles, encuentro con antepasados, infierno, etc.) podrían ser la consecuencia directa del testimonio de personas que sufrieron experiencias cercanas a la muerte debido a enfermedad o accidente y que una vez vueltas a la vida relataron lo vivido en el «más allá». Estos testimonios serían casi con toda seguridad integrados en el imaginario popular y, cómo no, en la estructura de creencias y religión de cada una de las culturas.

Todo tipo de científicos y neurólogos compiten para explicar cada uno de los fenómenos que presentan las ECM. Algunos de ellos son capaces de definir parcialmente uno u otro de manera aislada. Sin embargo, ninguno de ellos es competente para exponer con claridad la rotunda lógica de los mismos: el túnel y posterior encuentro con antepasados, sus reveladores diálogos, el haber sido receptor de algún mensaje o manifestación acerca del pasado o futuro de la persona... Es decir, no parecen ser simples acontecimientos neurológicos que se presentan de una manera aleatoria, sin orden ni concierto, sino que siguen una compleja pauta llena de contenido y de simbolismos.

Si hubiese tenido que escribir un libro acerca de las ECM hace diez años, muy probablemente me habría basado en la pura ciencia, las ecuaciones y la neurología más abstracta. Progresivamente me he dado cuenta de que innumerables cosas no pueden ser cuantificadas con facilidad. Quizá las más importantes. Pero más importante aún es que estas cosas que exceden a los conocimientos actuales de la ciencia son también ciencia.

Siempre ha habido locos que han postulado por primera vez que la Tierra giraba alrededor del Sol o que un aparato más pesado que el aire podría volar. Estoy seguro de que estamos abriendo una brecha en los conocimientos de la ciencia actual. El mero hecho de hacernos preguntas nos obliga a encontrar respuestas, porque, incluso aunque todo esté en nuestro cerebro y casi todos nosotros sigamos una
pauta similar, el motivo u origen de este fenómeno es tan interesante como la experiencia en sí misma. Como decía nuestro Antonio Machado: «Aprende a dudar y acabarás dudando de tu propia duda; de este modo premia Dios al escéptico y al creyente». Es la última frontera.

EL AUTOR


José Miguel Gaona Cartolano nació en Bruselas. Doctor en Medicina (cum laude) en la rama de Psiquiatría por la Universidad Complutense de Madrid, es máster en Psicología Médica y especialista en Psiquiatría Forense.

Premio Jóvenes Investigadores de la Comunidad de Madrid y miembro de la Asociación Europea de Psiquiatría (AEP), ha ejercido tareas docentes en la cátedra de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la UCM y ha sido director de la revista "Educar bien. Niños".

Fue asesor técnico del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, responsable del área de salud mental en la guerra de Bosnia para la ONG Médicos del Mundo y miembro del Comité de Honor de la Fundación Altarriba de protección animal, entre cuyos miembros se encuentran personalidades tan destacadas como José Saramago, Josep Carreras o Eduard Punset, entre otros.

En los últimos años ha trabajado en el campo de la neuroteología, ciencia que estudia los fenómenos místicos y espirituales desde una perspectiva neurológica. En esta línea, dirige el Proyecto Túnel, un sitio de encuentro para personas que han sufrido experiencias cercanas a la muerte (ECM) y que desean compartir dichas experiencias o abordarlas desde un punto de vista terapéutico.

En la actualidad es uno de los directores de IANDS España (International Association of Near-Death Studies) y participa en trabajos en el campo de las ECM junto con el Dr.Bruce Greyson de la Unidad de Estudios Perceptuales de la Universidad de Virginia Occidental y la Dra. Holden de la North Texas University.

Es autor de los libros "El síndrome de Eva" y "Endorfinas, las hormonas de la felicidad", y uno de los coautores de Ser adolescente no es fácil, todos ellos publicados en esta editorial.


Enlaces relacionados:
- Vídeos de Gaona Cartolana, la ECM y este libro
- Noticia: Presentación del libro en Castilfrío de la Sierra
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