Tinieblas Superiores e Inferiores, las Dos Noches -René Guénon
René Guénon - 5/1/2013

Las tinieblas superiores simbolizan lo No-Manifestado (concepto metafísico), mientras que las tinieblas inferiores lo es cosmológico (portador de sentido relativo). La "noche" puede ser considerada según una multiplicidad de sentidos jerarquizados
 


No pretendemos en absoluto hablar aquí de lo que los místicos llaman "noche de los sentidos" y "noche del espíritu"; aunque éstas puedan presentar algunas similitudes parciales con aquello de lo que se trata, contienen muchos elementos difíciles de "situar" exactamente e incluso a menudo elementos de un carácter bastante "turbio", lo que evidentemente se debe a las imperfecciones y a las limitaciones inherentes a toda realización simplemente mística, y sobre las cuales nos hemos explicado suficientemente en otras ocasiones como para tener que insistir de nuevo. Por otra parte, nuestra intención no consiste sino en considerar las "tres noches" simbólicas que representan tres muertes y tres nacimientos, refiriéndose respectivamente, en lo que concierne al ser humano, a los tres órdenes corporal, psíquico y espiritual (1); la razón de este simbolismo, que naturalmente es aplicable a los sucesivos grados de la iniciación, es que todo cambio de estado se produce a través de una fase de oscurecimiento y de "envolvimiento", de donde resulta que la "noche" puede ser considerada según una multiplicidad de sentidos jerarquizados, como los propios estados del ser; pero nos detendremos por ahora en los dos extremos. En efecto, lo que nos proponemos es precisar un poco la manera en la cual el simbolismo de las "tinieblas", en su acepción tradicional más general, se presenta en dos sentidos opuestos, uno superior y otro inferior, así como la naturaleza de la relación análoga que existe entre ambos sentidos y que permite resolver su aparente oposición.
En su sentido superior, las tinieblas representan lo no-manifestado, tal como ya hemos explicado en el curso de nuestros anteriores estudios; no hay aquí ninguna dificultad, y, sin embargo, parece que este sentido superior sea muy generalmente ignorado o desconocido, pues es fácil comprobar que, cuando se trata de las tinieblas, no se piensa comúnmente sino en su sentido inferior; y aún, añadiremos, según un significado "maléfico" que no le es en absoluto esencialmente inherente, y que no se justifica sino en el caso de algunos aspectos secundarios y mucho más particularizados. En realidad, el sentido inferior representa propiamente el "caos", es decir, el estado de indiferenciación o de indistinción que está en el punto de partida de la manifestación, sea en su totalidad, sea relativamente en cada uno de sus estados; y vemos aquí inmediatamente aparecer la aplicación de la analogía en sentido inverso, pues esta indiferenciación, a la que se podría llamar "material" en lenguaje occidental, es como el reflejo de la indiferenciación principial de lo no manifestado, reflejándose el punto más alto en el punto más bajo, tal y como los vértices de los dos triángulos opuestos en el símbolo del "sello de Salomón". Deberemos todavía volver a continuación sobre esta consideración; pero lo que ante todo importa comprender antes de ir más lejos es que esta indistinción, cuando se aplica a la totalidad de la manifestación universal, no es otra que la de Prakriti, en tanto que ésta se identifica con la hylè primordial o con la materia prima de las antiguas doctrinas cosmológicas occidentales; en otras palabras, es el estado de potencialidad pura, que en cierto modo no es sino una imagen reflejada, y por ello invertida, del estado principial de las posibilidades no manifestadas; y esta distinción es particularmente importante, pues la confusión entre posibilidad y potencialidad es el origen de innumerables errores. Por otra parte, cuando se trata solamente del estado original de un mundo o de un estado de existencia, la indistinción potencial no puede ser ya considerada más que en un sentido relativo y "especificado", en virtud de una cierta similitud que existe entre el proceso de desarrollo de la manifestación universal y el de cada una de sus partes constitutivas, similitud que encuentra especialmente su expresión en las leyes cíclicas; esto, que es susceptible de aplicación en todos los grados, y en el caso de un ser particular tanto como en el de un dominio de existencia más o menos amplio, se corresponde con la observación que más arriba hemos indicado con respecto al tema de una multiplicidad de sentidos jerarquizados, pues está claro que, debido a su propia multiplicidad, estos sentidos no pueden ser sino relativos.
De lo que acaba de decirse se desprende que el sentido inferior de las tinieblas es de orden cosmológico, mientras que su sentido superior es de orden propiamente metafísico; puede también señalarse desde este momento que su relación permite darse cuenta de que el origen y el desarrollo de la manifestación pueden ser considerados a la vez en un sentido ascendente y en otro descendente. Si esto es así, es porque la manifestación no procede solamente de Prakriti, a partir de la cual su desarrollo al completo es un paso gradual de la potencia al acto, que puede ser descrito como un proceso ascendente; procede en realidad de los dos polos complementarios del Ser, es decir, de Purusha y de Prakriti, y, con respecto a Purusha, su desarrollo es un alejamiento gradual del Principio, luego un verdadero descenso. Esta consideración contiene implícitamente la solución de muchas antinomias aparentes, cuya marcha está, podríamos decir, regulada por una combinación de las tendencias que corresponden a estos dos "movimientos" opuestos o, más bien, complementarios; los desarrollos a los cuales esto puede dar lugar están por otra parte evidentemente fuera de nuestro tema; pero al menos podrá comprenderse fácilmente con ello que no hay ninguna contradicción entre la asimilación del punto de partida o del estado original de la manifestación con las tinieblas en su sentido inferior, por un lado, y, por otro, la enseñanza tradicional concerniente a la espiritualidad del "estado primordial", pues ambas cosas no se refieren al mismo punto de vista, sino respectivamente a los dos puntos de vista complementarios que acabamos de definir.

Hemos considerado el sentido inferior de las tinieblas como el reflejo de su sentido superior, lo que en efecto es desde un determinado punto de vista; pero, al mismo tiempo, desde un punto de vista distinto, es también en cierto modo su "reverso", tomando esta palabra en la acepción en la que el "reverso" y el "anverso" se oponen como las dos caras de una misma cosa; y esto requiere aún algunas explicaciones. El punto de vista al cual se aplica la consideración del reflejo es naturalmente el de la manifestación, y el de todo ser situado en el dominio de la manifestación; pero, con respecto al Principio, donde el origen y el fin de todo se acercan y se unen, no podría tratarse de un reflejo, puesto que realmente no hay sino una sola y misma cosa, estando necesariamente el punto de partida de la manifestación, tanto como su punto de desenlace, en lo no-manifestado. Desde el punto de vista del Principio en sí mismo, si se nos permite emplear en este caso tal manera de hablar, no se pueden siquiera distinguir dos aspectos de esta cosa única, puesto que tal distinción no se plantea y no es válida sino con respecto a la manifestación; pero, si el Principio es considerado en su relación con la manifestación, se podrán distinguir como dos aspectos, correspondientes a la salida de lo no-manifestado y al retorno a lo no-manifestado. Ya que el retorno a lo no-manifestado es el término final de la manifestación, se puede decir que es cuando es visto desde esta parte que lo no-manifestado aparece propiamente como las tinieblas en sentido superior, mientras que, visto desde el punto de partida de la manifestación, aparece por el contrario como las tinieblas en sentido inferior; y, según el sentido en el cual se cumpla el "movimiento" de ésta hacia aquel, se podría decir también que el aspecto superior está siempre encarado hacia el Principio, mientras que el aspecto inferior está encarado hacia la manifestación, a pesar de que esta imagen de dos aspectos parezca implicar una especie de simetría que, entre el Principio y la manifestación, no podría verdaderamente existir, y de que, por otra parte, en el Principio mismo, no pueda evidentemente haber ninguna distinción entre lo superior y lo inferior. El punto de vista del reflejo es ilusorio con respecto a éste, tal como el reflejo mismo lo es también en relación con lo que es reflejado; el punto de vista de los dos aspectos corresponde entonces a un grado más profundo de realidad, aunque sin embargo sea todavía ilusoria en otro nivel, puesto que desaparece a su vez cuando el Principio es considerado en sí mismo y no en relación con la manifestación.
El punto de vista que acabamos de exponer en último lugar será quizá más claro si se considera lo que le corresponde, en el propio interior de la manifestación, en el paso de un estado a otro: este paso es en sí mismo un punto único, pero naturalmente puede ser considerado desde uno u otro de los dos estados entre los cuales está situado y de los que es el límite común. Aún aquí encontramos la consideración de los dos aspectos: este paso es una muerte con respecto a uno de los estados, mientras que es un nacimiento con respecto al otro; pero esta muerte y este nacimiento coinciden en realidad, y su distinción no existe sino con respecto a ambos estados, de los cuales uno tiene su fin y el otro su origen en este mismo punto. La analogía es evidente con lo que, en las anteriores consideraciones, concernía, no a dos estados particulares de la manifestación, sino a la manifestación total misma y al Principio, o más precisamente al paso de uno a la otra; conviene además añadir que, aquí todavía, el sentido inverso de la analogía encuentra su aplicación, pues, por un lado, el nacimiento a la manifestación es como una muerte al Principio, y, por otro, inversamente, la muerte a la manifestación es un nacimiento o más bien un "renacimiento" al Principio, de manera que el origen y el fin se encuentran invertidos según se les considere con respecto al Principio o con respecto a la manifestación; esto, por supuesto, siempre en la relación entre uno y otra, pues, en la inmutabilidad del Principio, no hay con seguridad ni nacimiento ni muerte, ni origen ni fin, sino que es él mismo el origen primero y el fin último de todas las cosas, sin que, por lo demás, haya en este origen y en este fin una distinción cualquiera en la realidad absoluta.
Si consideramos ahora el caso del ser humano, podemos plantearnos lo que, para él, corresponde a las dos "noches" entre las cuales se despliega, como hemos visto, toda la manifestación universal; y, en cuanto a las tinieblas superiores, no hay ninguna dificultad, pues se trate de un ser particular o de un conjunto de seres, jamás pueden representar sino el retorno a lo no-manifestado; este sentido, en razón de su carácter propiamente metafísico, permanece sin cambios en todas las aplicaciones que es posible hacer de este simbolismo. Por el contrario, en lo que concierne a las tinieblas inferiores, es evidente que no pueden ser tomadas aquí más que en un sentido relativo, pues el punto de partida de la manifestación humana no coincide con el de la manifestación universal, sino que ocupa en el interior de ésta cierto nivel determinado; lo que aparece como "caos" o como potencialidad no puede serlo entonces sino relativamente, y posee ya de hecho un determinado grado de diferenciación y de "cualificación"; ya no es la materia prima, sino, si se quiere, una "materia secunda", que desempeña un papel análogo para el nivel de existencia considerado. Por otra parte, está claro que estas indicaciones no se aplican solamente al caso de un ser, sino también al de un mundo; sería un error pensar que la potencialidad pura y simple puede encontrarse en el origen de nuestro mundo, que no es sino un grado de existencia entre otros; el "âkâsha", a pesar de su estado de indiferenciación, no está sin embargo desprovisto de toda cualidad, y ya se encuentra "especificado" en vistas a la producción de la manifestación corporal; no podría entonces en modo alguno ser confundido con "Prakriti", que, siendo absolutamente indiferenciada, contiene por ello en sí la potencialidad de toda manifestación.

Resulta de ello que, a lo que representa las tinieblas inferiores en el estado humano, no podrá serle aplicado, con respecto a las tinieblas superiores, más que la imagen del reflejo, con exclusión de la de los dos aspectos; en efecto, todo nivel de existencia puede ser tomado como un plano de reflexión, y no es, por otra parte, sino porque el Principio en cierta forma se refleja en ella por lo que posee alguna realidad, aquella de la que es susceptible en su propio orden; pero, por otro lado, si pasamos al aspecto de las tinieblas inferiores, no es en el Principio o en lo no-manifestado donde se encontrarían en semejante caso, sino solamente en un estado "pre-humano" que no es sino otro estado de manifestación. Aquí, hemos sido llevados a lo que anteriormente hemos explicado acerca del paso de un estado a otro; por un lado, es el nacimiento al estado humano, y, por otro, es la muerte al estado "prehumano"; o, en otros términos, es el punto que, según la parte desde donde se le considere, aparece como el punto de desenlace de un estado y como el punto de partida del otro. Ahora bien, si las tinieblas inferiores son tomadas en este sentido, se podría preguntar por qué motivo no se considera simplemente, de una manera simétrica, a las tinieblas superiores como representando la muerte al estado humano, o el término de este estado, que no coincide forzosamente con una vuelta a lo no-manifestado, sino que puede no ser aún más que el paso a otro estado de manifestación; de hecho, el simbolismo de la noche se aplica, tal como hemos dicho, a todo cambio de estado, sea cual sea; pero, aparte de que no podría tratarse en este caso más que de una "superioridad" muy relativa, no siendo el comienzo y el fin de un estado sino dos puntos situados en niveles consecutivos separados por una distancia infinitesimal según el "eje" del ser, no es esto lo que importa desde el punto de vista en que nos situamos. En efecto, lo que debe ser considerado esencialmente es el ser humano tal como actualmente está constituido en su integralidad, y con todas las posibilidades que lleva en él; ahora bien, entre estas posibilidades, está la de alcanzar directamente lo no-manifestado, a lo cual ya roza, si puede decirse, por su parte superior, que, aunque no siendo en sí misma propiamente humana, es no obstante lo que le hace existir en tanto que humano, puesto que es el centro mismo de su individualidad; y, en la condición del hombre ordinario, este contacto con lo no-manifestado aparece en el estado de sueño profundo. Debe quedar muy claro por otra parte que éste no es un "privilegio" del estado humano, y que, si se considerara cualquier otro estado, siempre se encontraría esta misma posibilidad del retorno directo a lo no-manifestado, sin necesidad del paso a través de otros estados de manifestación, pues la existencia en un estado cualquiera no es posible sino a causa de que Atmâ reside en el centro de ese estado, que sin él se desvanecería como una pura nada; es la razón de que, al menos en principio, todo estado pueda ser tomado igualmente como punto de partida o como "soporte" de la realización espiritual, pues, en el orden universal o metafísico, todos contienen las mismas virtualidades.
Desde el momento que uno se sitúa en el punto de vista de la constitución del ser humano, las tinieblas inferiores deberán aparecer más bien bajo el aspecto de una modalidad de este ser que bajo el de un primer "momento" de su existencia; pero ambas cosas se réunen, por otro lado, en cierto sentido, pues aquello de lo que se trata es siempre el punto de partida del desarrollo del individuo, desarrollo cuyas diferentes fases corresponden a sus diversas modalidades, entre las cuales se establece por ello una determinada jerarquía; es entonces lo que puede llamarse una potencialidad relativa, a partir de la cual se efectuará el desarrollo integral de la manifestación individual. A este respecto, lo que representa las tinieblas inferiores no puede ser sino la parte más grosera de la individualidad humana, la más "tamásica" en cierto modo, pero en la cual esta individualidad se encuentra por completo sin embargo envuelta como un germen o un embrión; en otras palabras, no será sino la modalidad corporal misma. No debe uno por lo demás asombrarse de que sea el cuerpo lo que corresponde al reflejo de lo no-manifestado en el ser humano, pues, aún aquí, la consideración del sentido inverso de la analogía permite resolver inmediatamente todas las aparentes dificultades: el punto más alto, como ya hemos dicho, tiene necesariamente su reflejo en el punto más bajo; y así, por ejemplo, la inmutabilidad principial tiene, en nuestro mundo, su imagen invertida en la inmutabilidad del mineral. Podría decirse, de manera general, que las propiedades del orden espiritual encuentran su expresión, aunque "invertida" en cierto modo y como "negativa", en lo más corporal; y esto no es, en el fondo, sino la aplicación en este mundo de lo que hemos explicado anteriormente en cuanto a la relación inversa entre el estado de potencialidad y el estado principial de no-manifestación. En virtud de la misma analogía, el estado de vigilia, que es aquel en el cual la conciencia del individuo está "centrada" en la modalidad corporal, es espiritualmente un estado de sueño, y a la inversa; esta consideración del sueño permite por otra parte comprender todavía mejor que lo corporal y lo espiritual aparecen respectivamente como "noche" uno con respecto a otro, aunque naturalmente sea ilusorio considerarlos simétricamente como dos polos del ser, aunque no sea sino porque el cuerpo, en realidad, no es una materia prima, sino un simple "sustituto" de ésta relativamente a un estado determinado, mientras que el espíritu jamás deja de ser un principio universal que no se sitúa en ningún nivel relativo. Es teniendo en cuenta estas reservas, y hablando en razón de las apariencias inherentes de un cierto nivel de existencia, que se puede hablar de un "sueño del espíritu" que corresponde a la vigilia corporal; la "impenetrabilidad" de los cuerpos, por extraño que esto pueda parecer, no es en sí misma sino una expresión de ese "sueño", y, además, todas sus propiedades características podrían igualmente interpretarse según este punto de vista análogo.

Bajo el aspecto de la realización, lo que ante todo debe retenerse de estas consideraciones es que, si se cumple a partir del estado humano, es el propio cuerpo lo que debe servir de base y de punto de partida; él es el "soporte" normal, contrariamente a ciertos prejuicios corrientes en Occidente y según los cuales se desearía no ver en él más que un obstáculo o tratarlo en "cantidad despreciable"; la aplicación al papel que un elemento de orden corporal desempeña en todos los ritos, en tanto que medios auxiliares de la realización, es demasiado evidente como para que haya necesidad de insistir sobre ello. Por otra parte, se podrían con seguridad extraer de todo esto muchas otras consecuencias, que no podemos ahora desarrollar; se puede especialmente entrever con ello la posibilidad de ciertas transposiciones y "transmutaciones" demasiado inalcanzables para quien jamás las ha considerado; pero, por supuesto, no es concibiendo al cuerpo según las teorías "mecanicistas" y "psico-químicas" de los modernos como será posible comprender nada de ello (2).



NOTAS


(1). Cf. A. K. Coomaraswamy, Notes on the Katha Upanishad, 1ª parte.

(2). En la tradición islámica, las dos "noches" de las que hemos hablado están representadas respectivamente por laylatul-qadr y laylatul-mirâj, que corresponden a un doble movimiento "descendente" y "ascendente": la segunda es la ascensión nocturna del Profeta, es decir, un retorno al Principio a través de los diferentes "cielos" que son los estados superiores del ser; en cuanto a la primera, es la noche en que se cumple el descenso del Corán, y esta noche, según el comentario de Mohyiddin ibn 'Arabî, se identifica con el propio cuerpo del Profeta. Lo que es particularmente notable aquí es que la "revelación" es recibida, no en la mente, sino en el cuerpo del ser que tiene la "misión" de expresar el Principio: Et Verbum caro factum est, dice también el Evangelio (caro, y no mens), y ésta es, muy exactamente, otra expresión, bajo la forma propia de la tradición cristiana, de lo que representa laylatul-qadr en la tradición islámica.

Publicado en "Etudes Traditionnelles", abril y mayo de 1939. Incluido en el libro "INICIACION Y REALIZACIÓN ESPIRITUAL" con el título de "Dos noches". Los derechos de autor, por tanto, no corresponden a Soriaymas.


© 2002 EDITORIAL SOTABUR. Todos los derechos reservados.