La Virgen María y el signo zodiacal de Virgo
Diego Rubio Barrera - 4/23/2013

En la emblemática y el alegorismo cristiano se identificó la constelación de Virgo como signo del Zodíaco con la Virgen María. He aquí un texto que sirve para enmarcar esta relación que tiene hondos significados simbólicos
 

Capítulo 2 LA CONSTELACION DE VIRGO Y EL CULTO A LAS VIRGENES, del libro de Diego Rubio Barrera, "La otra historia de la Virgen María", (Ed. Ate, Barcelona, 1981)

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Jeremías, el mejor conocedor de este tema, en relación con la gran importancia que antiguamente se concedió en todas las religiones civilizadas a la constelación del solsticio de verano de la época de Géminis, la "Magna mater et virgo coelestis", dice lo siguiente:

"Todas las deidades femeninas del panteón sumerio-babilónico son derivaciones de la misma magna mater, reina del cielo y `virgo coelestis´. Esto es aplicable tanto a las vírgenes de la Iglesia helénica como a las de la romana y las de la sumerio-babilónica... La virgen estelar se remonta hasta la época sumeria... La estrella principal de la constelación, la `Spica´, pudo cada vez, como estrella virginal, sostener la revolución total de la constelación."

Estas consideraciones son también aceptadas por sabios católicos familiarizados con el tema. Entre ellos se encuentra Dólger, a quien sus investigaciones le han llevado a averiguar que el culto a María, tiene por todas partes ejemplos antiguos del culto tributado por los paganos a la reina del cielo y madre de los dioses. Otro sabio, Habicht, se ha expresado en el mismo sentido, y al referirse al culto tributado a María, habla de una igualación con Venus, Astarté e Isis.

Esta idea, de una reina del cielo que da a luz a un Niño-Dios y Salvador, tiene su origen, sin duda alguna, en fenómenos astronómicos, remontándose a los primeros tiempos del cultivo humano del espíritu. La madre del Salvador divino es por todas partes como la Virgen María, virgen y madre al mismo tiempo. Los griegos de la época de Alejandro celebraban ya, como los cristianos después lo hicieron, en la época del solsticio de invierno, el nacimiento de Eon, nacido de una virgen divina. No hay duda -de que existen profundas relaciones entre ambas celebraciones.

La fuente de estas ideas es antiquísima. Ya la extraordinaria adoración de que la reina Istar gozaba entre los antiguos babilonios indica que, en la época sumeria, la constelación de Virgo era la más reverenciada todas las figuras. del Zodíaco, debido a que originariamente había sido la morada del Sol en el momento del solsticio de verano. Para los árabes sigue siendo la que procura sustento a todos. Virgo es el centro cósmico de la vida humana, divina, animal y vegetal; el origen de toda la capacidad alumbradora, que se imagina encarnada femeninamente en la virgen y reina del cielo.
La "virgo coelestis" aparece representada repetidamente entre los babilonios en forma de diosa con una espiga, aunque también se encuentra entre indios y egipcios, más frecuente­mente en forma de virgen madre con el niño celestial, a veces incluso en el centro de los otros signos del Zodíaco.

Dice Richard Henning, en su obra Grandes enigmas del Universo, que también una serie de hechos indican que se ha de admitir un origen astronómico para la Virgen cristiana. Por ejemplo, el círculo del Zodiaco está representado en la Iglesia de Notre-Dame, de París, pero en un lugar predo­minante; reemplazando a la constelación de Virgo, preside en el centro la figura de María con el Niño. Y en la famosa puerta de San Bernardo de la catedral de Hildesheim, María está representada con una figura estilizada que, observada desde el punto de vista cristiano, resulta totalmente incom­prensible, dando la impresión de ser una hpja de palma, pero en la posición y ejecución se parece de una manera chocante a las antiguas representaciones babilónicas de Isthar con el manojo de espigas. Lo que la Virgen María sostiene en la mano no es precisamente una hoja, ni una rama, ni un huso, como se ha interpretado erróneamente, sino una espiga desfigurada, la" Spica" de la constelación de Virgo.

Hay, además, otra prueba de peso que demuestra la dependencia del culto a María respecto a los fenómenos Celestes. Hace más de mil arios que los católicos celebran el 8 de septiembre el nacimiento de María y el 15 de agosto la Asunción a los cielos. Las fuentes más seguras indican que la festividad del nacimiento ha sid9 adoptada de antiguos cultos orientales. Los indios mexicanos pulque, celebraban ya el 8 de septiembre el nacimiento de su reina celestial nacional. Esto se explica porque tienen que haber existido necesariamente relaciones en otros tiempos. Respecto a estas festividades, Jeremías ha expresado la hipótesis de que éstas tienen su origen en el ocaso y en el orto helíaco de la estrella "Spica". Realmente, en la época correspondiente a 2000 años a. de J.C., el 8 de septiembre del calendario juliano era el día en que Spica, la estrella principal de la constelación de Virgo, se desprendía de los rayos del Sol después de no ser vista durante 40 días, por lo que aquel día tenía lugar su "nacimiento".

El día de la Asunción de María ha sido ya fijado en la época cristiana, siguiendo el ejemplo de la Ascensión de Cristo. El emperador bizantino Mauricio lo estableció oficialmente en el año 582, siendo adoptado más tarde por la Iglesia Católica. Sin embargo, casi 200 años antes, el "Calendarium Romanus" menciona ya el 15 de agosto como día de la Asunción de María a los cielos; siendo mencionada como festividad en la época del concilio de Efeso en el año 431. Si la hipótesis de Jeremías es acertada, la desaparición de la estrella "Spica" el 15 de agosto como día del ocaso helíaco tendría que haber ocurrido y sido observada por consiguiente, allá por el año 400 d. J.C. o algo antes. Ello hizo que esta fecha, el 15 de agosto, pudiera ser elegida como la de la muerte y Asunción de la Virgen María.

Así se demuestra que los días festivos de María, han sido establecidos basándose en fenómenos de la bóveda celeste, referidos a la constelación de Virgo y a su estrella más bri­llante, Spica, y que, por lo tanto, los cristianos del primer milenio tenían plena conciencia de fundarse en fenómenos celestes al establecer su culto a la Virgen María y darle forma.
Las coincidencias de los acontecimientos astronómicos con el calendario eclesiástico es tan grande que puede considerarse excluido el azar. Pero todo esto necesita una clarificación.

Es verdad que existe una afinidad de idea entre la virgen pagana, reina del cielo, que da a luz a un Niño-Dios y Salvador, continuando siendo virgen, con la Virgen María. Pero la idea pagana lo que ha hecho es divinizar un fenómeno astronómico, cual es, el curso natural del Sol. Este nace siempre en el solsticio de invierno, cuando el signo de Virgo se eleva sobre el horizonte. Este hecho da la impresión de que el Sol nace de dicho signo zodiacal, Virgo (la virgen), la cual sigue siendo virgen después de haber dado a luz su Hijo Sol. Y, naturalmente, cuando se confunde lo que quiere expre­sar el signo o símbolo con la realidad representada, el símbolo se convierte en mito.

Sin embargo, la Virgen María no es ningún mito, sino una persona. histórica. Lo que ha ocurrido es que se ha seguido con ella este esquema zodiacal, pero aplicado al plano espiritual que corresponde a su vida y su misión en la tierra, y razón por la que también sus fiestas están enraizadas en este esquema, suelo común de la humanidad.

Las fiestas religiosas tienen su explicación.

En todas las religiones, la fiesta es un elemento esencial del culto: con ciertos ritos asignados a ciertos tiempos, la asamblea rinde homenaje a algún aspecto de la vida, de ahí su relación con los fenómenos naturales y astronómicos. Por ellos se da gracias y se implora el favor divino. Pero lo que caracteriza a las fiestas en la Biblia es su conexión con la historia sagrada, pues ponen en contacto con Dios que actúa sin cesar en favor de sus elegidos.

Así, por ejemplo, tenemos el sábado, que fija el ritmo de la semana. El ciclo solar traía consigo la fiesta del Año Nuevo, que en un principio se unió a la fiesta de la recolección en otoño, y luego a la pascua de la primavera. Además del marco formado por el ritmo de los astros, la vida cotidiana del israelita, pastor y luego agricultor, dio- lugar a fiestas de la naturaleza: ázimos en primavera, mieses o semanas en verano, recolección o vendimia en otoño, o el día de pascua, fiesta pastoril de primavera, en la que tenía lugar la ofrenda de las primicias del ganado. El Deuteronomio une la pascua a los ázimos y da a la fiesta de la recolección el nombre de fiesta de los tabernáculos.

Después, las fiestas adquieren nuevo sentido en función del pasado que recuerdan, del porvenir que anuncian y del presente, cuya exigencia revelan, viniendo a tener un carác­ter religioso propio en conexión con la historia sagrada. La fiesta de los tabernáculos recuerda ahora las marchas por el desierto y el tiempo de los esponsales con Dios, etc.

En el Nuevo Testamento, todas estas fiestas, si bien no están explícitamente, sí lo están implícitamente, porque siendo Jesús judío, él celebró estas fiestas del Antiguo Testamento, pero mostraba ya que sólo su persona y su obra les daba pleno significado. Sobre todo selló deliberadamente la nueva alianza en un marco pascual.

A su vez, las fiestas cristianas, como las judías, están sometidas al ritmo del tiempo y de la tierra, pero referidas a hechos mayores de la existencia de Cristo.

Otra cosa es, y esto hay que reconocerlo, que algunas fechas de fiestas paganas, se tomaran para celebrar las cristianas, aprovechando la coyuntura de estar los paganos distraídos con sus fiestas...


Nota: los derechos de autor del texto corresponden a Diego Rubio Barrera y Editorial Ate.



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