LEYENDAS (Narros): LA CASA DEL DIABLO
Gervasio Manrique de Lara - 17/01/2007

Además de la leyenda de la Virgen del Almuerzo y la de los Siete Infantes de Lara, de Narros hay esta otra, muy poco conocida, de la casa anterior al magnífico caserón actual de "La Media Naranja"
 



El mundo de los demonios está muy extendido por el área de pueblos de diversas religiones. Por esto abundan las leyendas del diablo. Narraciones que se fundamentan en los principios del Bien y del Mal. Dios y la legión de diablos que pululan por el mundo. Son leyendas mágicas, maravillosas e instructivas. Su origen corresponde a los estadios de los pueblos primitivos. Estas leyendas suelen terminar con la confusión del diablo en los últimos momentos de sus travesuras para que sean salvadas las almas de quienes pretende condenar.

-¡El diablo! ¡El diablo! -gritaban los habitantes de un pueblo de la sierra de los Infantes de Lara, al pasar por delante de un caserón deshabitado, de un palacio de ricos ganaderos cuyos señores se habían extinguido.
Los que osaban pasar por delante de esta casa hueca, después del toque de queda, oían en la misma unos ruidos misteriosos y los ecos de voces de ultratumba. Los vecinos huían despavoridos de sus alrededores. La alarma cundía estremecedora en el pueblo.

- Son las brujas, las brujas, que celebran su aquelarre en esta tétrica morada -decían los supersticiosos.

-Sí, sí, las brujas -comentaban los que afirmaban haberlas visto entrar y salir por las chimeneas del viejo caserón.

- No, no son las brujas -opinaron los más valientes que habían espiado repetidas noches en torno a la casa encantada-. Es el mismo diablo, que le hemos visto entrar y salir con sus cuernos encendidos como gusanos de luz.

Y cundió la voz de alerta entre los habitantes del caserío, puestos en pie de guerra.

-¡Satanás! ¡Satanás!, que ha instalado en esta casa sus talleres para fabricar algún infernal artefacto que nos sumerja a todos en los mismísimos infiernos.

El rumor estremecedor de lo que ocurría en Narros, que así se llama este pueblo, corrió como un reguero de pólvora encendida por la comarca y llegó a la capital.

La noticia consternó a las autoridades provinciales. Se temió que Dios hubiera abandonado a este pueblo considerándolo maldito por algún pecado colectivo de sus moradores.
En esta tesitura de agobio, tomó parte el Santo Oficio. Sus miembros deliberaron en secreto sobre la espantosa alarma que tenía a todos en vilo.

-Es intolerable lo que sucede -dijo el que presidía la reunión.

-Hay que afrontar con energía la situación -alegó el jefe de las rondas provinciales de vigilancia.

-Yo me comprometo para ir a ese pueblo con una escuadra de gente armada y penetrar en esa casa del diablo -se ofreció el jefe de las milicias.

-Muy bien, muy bien -contestaron todos unánimemente.

Y así se hizo. Se organizó una fuerte ronda de alguaciles armados hasta los dientes que se trasladó a Narros. Cercaron la casa, echaron abajo las puertas y penetraron en tropel, dando vozarrones de trueno. Pero no encontraron alma viviente.

Sin embargo, había hornos encendidos, yunques, martillos, tornos, afiladas limas, pulidores de acero, láminas de oro y plata y sobre una mesa un montón de monedas recién acuñadas.

Aquellos falsos monederos habían huido con el diablo por una galería subterránea.

Cuando el Santo Oficio divulgó los resultados de su investigación, los habitantes del pueblo recobraron la tranquilidad. Las autoridades provinciales el sosiego. Con el ceremonial de costumbre, se exorcizó el cobijo de aquella gavilla de bribones. Mas el caserón encantado siguió llamándose la “Casa del Diablo”.

Luego, otro rico propietario que proyectó construir una nueva casa sobre los restos de la antigua, le ordenó al arquitecto:

-Deseo que hagáis un proyecto tan original que borre de la boca de las gentes el nombre siniestro de Casa del Diablo.

Y, fue así, en efecto. Se levantó una casa con una graciosa cúpula en medio. A esta casa se la llama “de la Media Naranja” y este nombre ha silenciado el de “Casa del Diablo”.

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