LEYENDAS-RELLO: LA CONDESA PEREGRINA
Gervasio Manrique de Lara - 7/27/2006

Iniciamos aquí una serie soriana de leyendas recogidas y adaptadas literariamente por Gervasio Manrique de Lara, y comenzamos con esta leyenda medieval centrada en Rello y Monteagudo de las Vicarias
 

LA CONDESA PEREGRINA


El castillo de Rello está fijado en un espolón de roca a en las estribaciones de la cabecera de la cordillera tral carpetana. Dentro del recinto del alcázar se emplaza el caserío como si fuera un Nacimiento navideño. Sus murallas naturales roqueras constituyen una fortainexpugnable. Tiene una sola puerta de entrada y salida para los moradores que habitan todavía en este blo remoto. Ni Calatañazor, ni Sepúlveda ni otros los monumentales superan a Rello en reciedumbre, je, monumentalidad y semblante guerrero. El casa que aludimos es totalmente desconocido porque para llegar al mismo hay que caminar diez kilómetros por un camino de liebres.

Pero el que se decide a dar una embestida a la vida entre sueños y romances y logra contemplar la estampa colosal de esta formidable fortaleza, «en Rello hay un rollo de hierro, de hierro es el rollo de Rello»; será informado de la siguiente leyenda caballeresca.

Sucedió en el siglo del Cid. Cuando las vanguardias castellanas, al mando de Alfonso VI, reconquistaron las plazas fuertes de la cordillera Central y llegaron al Tajo.

Uno de los caballeros del Alfoz de Lara, don Rodrigo, famoso guerrero cristiano, era alcaide del castillo de Rello. Don Gonzalo, hijo de los condes de San Esteban de Gormaz, estaba enamorado de Aldonza, hermosa joven hija de don Rodrigo. La boda de los prometidos estaba señalada para cuando volviera de la guerra el doncel, que luchaba contra los sarracenos en el sitio que habían puesto a Toledo los cristianos.

Conquistada en 1085 la ciudad de Toledo, el rey concedió un permiso a Gonzalo para su boda. Esta noticia inundó de alegría a los moradores del castillo señorial de Rello. Los clarines de la fortaleza anunciaron vibrantes la enhorabuena de tan fausto acontecimiento.

Mas, un celoso acontecimiento iba a llenar de contrariedad a la joven enamorada. La rivalidad amorosa de otra doncella que amaba locamente a Gonzalo.

Cuando el apuesto doncel regresaba gozoso a Rello, donde le esperaba su prometida, doña Blanca, hija del alcaide de Atienza, preparó una celada para secuestrar a Gonzalo a su paso por esta villa.

Una sirvienta de Blanca, que tenía relaciones con un escudero de la condesita de Rello, enterada de la estratagema proyectada, puso en antecedentes a la prometida de Gonzalo, del riesgo que le acechaba a su futuro esposo a su paso por Atienza.

Aldonza guardó en secreto la confidencia. Meditó cavilosa cómo podría salvar a su amado de la prevista traición de su rival. Hizo de tripas corazón, y, una noche, salió de su castillo acompañada de dos leales escuderos en busca de su prometido. Iba disfrazada de peregrino para no infundir sospechas a su contrincante.

Advertidos en la fortaleza de la ausencia de la linda enamorada, se creyó que habría sido devorada por los lobos en alguna escapada fuera de las murallas.

Don Rodrigo se mesaba las barbas inconsolable. La madre de Aldonza pedía a Dios de todo corazón que su hija no hubiera sido devorada por las fieras. Los pregoneros recorrieron la comarca, a clarines batientes, para averiguar si encontraban alguna noticia de la desaparecida. En las torres de la fortaleza se colgaron banderas de luto por la desgracia.

Entre tanto, la condesita y sus servidores caminaban de noche por las barranqueras de las estribaciones de la cabecera de la sierra Carpetana hasta llegar a los Altos de Barahona, el puerto de Paredes, por donde habría de pasar don Gonzalo.

A1 fin, después de esperar varios días, vieron venir una escolta de soldados que daba guardia de honor a un caballero. Aldonza presintió a su prometido.

Se acercó a la comitiva y pidió una limosna al guerrero. Éste, al ver una cara tan expresiva, se fijó en su semblante y reconoció que era su amada. Ella, llevándose un dedo a sus labios, le indicó que guardara silencio. La sorpresa del encuentro le hizo sospechar al doncel que le acechaba algún grave riesgo. Se apeó de su caballo, dio una limosna al peregrino y ordenó un descanso a su escolta.

Aldonza informó con todo sigilo a su novio de la celada que se le tenía preparada en Atienza. Ambos enamorados disimularon la emoción del encuentro.

Don Gonzalo, como el que no quiere la cosa, proporcionó un uniforme de soldado al fingido peregrino, que quedó incorporado a su escolta Luego, retrocedieron hasta Jadraque, en cuya fortaleza fueron recibidos con los honores de su alcurnia.

Al día siguiente, emprendieron el camino hacia el castillo de Monteagudo de las Vicarías castellanas hacia Aragón, para ir por esta ruta hacia la fortaleza de Rello. Pero ignoraban que el castillo de Monteagudo era tributario del rey moro de Aragón. Apenas entraron en su comarca fueron detenidos, acusados de espionaje.

Los escuderos de Aldonza habían regresado a Rello para informar a don Rodrigo de la odisea de su hija. Juraron bajo pena de muerte guardar el secreto de la aventura. Don Rodrigo y su esposa confiaron a la Providencia la feliz llegada de los enamorados.

La escolta de don Gonzalo fue desarmada y con su jefe encerrados en las mazmorras del castillo de Monteagudo. No le valió al caballero cristiano alegar el error que había cometido de internarse en territorio enemigo cuando caminaba con fines pacíficos hacia Rello. Un consejo de guerra condenó a muerte a don Gonzalo. Pero, éste, para silenciar la presencia de Aldonza, no quiso revelar la verdadera causa de haberse internado en territorio adversario por desconocimiento del mismo.

La sentencia de muerte iba a ser ejecutada. Habían sido rechazadas todas las súplicas de indulto. Se había llegado a la extrema situación de angustia. Los mediadores daban por perdida la baza. Entonces la linda prisionera, con su mata de pelo extendida sobre sus hombros y sus ojos de enamorada suplicantes de candor, se presentó al jefe del castillo, de la mano del caballero que iba a ser ejecutada.

Alcádir escuchó emocionado la patética narración amorosa de la suplicante. Se quedó maravillado de su lealtad. Le besó la mano. Seguidamente indultó de la pena de muerte al cautivo. Luego mandó poner en libertad a los prisioneros. Sentó a su mesa a los dos enamorados.

Después obsequió con una fiesta de despedida a los que habían sido sus cautivos para desagraviarlos conforme a los honores de su alcurnia. Para su mayor tranquilidad, ordenó que una escolta musulmana acompañara a los prometidos hasta ponerlos en campo cristiano.

Las bodas de la condesita de Rello y del conde de San Esteban de Gormaz se celebraron con grandes festejos en el castillo de Rello y en la plaza de esta villa arcaica se levanta una iglesia como ofrenda de los desposados a la Reina de los Ángeles.

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