SAN BAUDELIO: ARQUITECTURA Y PINTURAS (2)
Teógenes Ortego Frías - 22/01/2005

En la ruta soriana del Camino del Cid sobresale la ermita de San Baudelio. Teógenes Ortego nos habla ahora de los frescos románicos de la nave, que expoliaron y se llevaron a los EE.UU
 

LOS FRESCOS ROMANICOS:





LAS PINTURAS DE LA NAVE



Aquellas admirables composiciones de carácter religioso que exornaban los grandes paramentos,
y aquellas otras únicas y sorprendentes de cacerías alternando con figuras animalistas
independientes, las cuales tuvimos la suerte de ver y fotografiar en parte, antes de su
extracción, ya no existen. Solamente quedan, aparte de fragmentos desestimados en el denigrante
y codicioso despojo de que fueron objeto, las siluetas de las composiciones y los desvaídos
restos de color absorbidos por el enlucido sobre el que se pintó.


Esperamos que las modernas técnicas de reavivación, experimentadas con éxito en casos
similares, puedan aplicarse aquí satisfactoriamente.


Sobre esta base, exhumamos nuestras viejas notas y, ayudados por el recuerdo, podemos ir
determinando la situación de las escenas ordenadas a lo largo de los paramentos.


Dentro de la nave, entre los temas apreciables de las bóvedas, está la figura de un ángel y
escenas de la vida de la Virgen. Frente a la puerta de ingreso, dos paneles nos muestran La
Adoración de los Reyes y su cortejo; encima del coro La Adoración de los Pastores, La Circuncisión
y La Huida a Egipto.

El friso principal, que se desarrolla en toda el área central se dedicó a representar la Vida
de Cristo con sus Apóstoles, recuadrados por fajas marginales, separados por columnas encapiteladas
y bandas decorativas de ajedrezados y rígidos meandros de tiras recuadradas, temas muy generalizados en la pintura románica.


Frente a la puerta de entrada, en la pared de mediodía, tenemos de derecha a izquierda los
Soldados custodios del Sepulcro de Cristo, y un ángel en el extremo opuesto con las alas explayadas.
Siguen las tres Marías caminando hacia el sepulcro portando los ungüentarios para embalsamar
el cuerpo de Jesús, episodio final de la Pasión, que se desarrollará, según veremos, a lo largo de los muros.

Muy bella la escena que a continuación representa a Jesús devolviendo la vista a un ciego. Sigue la Resurrección de Lázaro. Las dos Santas Mujeres levantan la losa sepulcral; Cristo con su báculo terminado en Cruz, toca el cuerpo que envuelto en blanco sudario, trata de incorporarse. Detrás un tonsurado, con un
libro abierto, parece testificar el milagro.

Debajo, en el zócalo de este lado, se conserva todavía una Pareja de bueyes afrontados, con el testuz bajo. Es obra románica, animalista e independiente, que parece una compensación sobre tema local, a la serie exótica mozárabe, que según veremos campea en los paramentos interiores.



Seguidamente Las bodas de Caná ocupan en el friso de poniente el gran espacio paralelo al pretil del coro. Las exigencias de la complicada escena se resuelven con maestría, y entre las imágenes participantes, servidores con pellejos escanciando el vino, la mesa abundosa y el ambiente festivo, se encuentra la figura de Cristo sentado con los desposados, levantando la mano para bendecir el banquete.


En la otra mitad de este mismo muro se representan las Tentaciones de Jesírs en tres situaciones
contiguas ; en primer lugar, el demonio pintado con grandes cuernos, largo plumaje y patas de rapaz, arroja, ante la entereza del Hijo de Dios, las piedras inductoras a la gula por el pretendido milagro de su conversión en panes. En la escena inmediata Jesús aparece sobre las almenas del templo invitándole a
echarse abajo donde los ángeles le alzarían para que sus pies no tropezaran en piedra.


El demonio se presenta aquí con cabeza barbada, grandes rizos, alas y pies humanos. Una tercera tentación alude a un demonio con figura animalizada ; Jesús se ve asistido por un ángel en actitud expeditiva entre ambos.


En el friso del norte se inicia la Pasión de Cristo con La entrada en Jerusalén, montado en una pollina con su cría, en compañía de los apóstoles portando ramitos de palma. La ciudad se ve representada al fondo por los habitantes que salen a recibirle, tendiendo a su paso ramas de olivo.


El resto de este muro se completa con La Ultima Cena, magestuosa composición con el apostolado sentado a ambos lados de Jesús, destacado, entre todos, por su nimbo crucifero. Delante queda una larga mesa sobre cuyo blanco mantel se distribuyen los panes y las fuentes con pescados. La solemne actitud del grupo, siguiendo los cánones tradicionales, se interrumpe con la figura de San Juan recostado en el pecho de Jesús, y al otro lado de la mesa con Judas Iscariote recibiendo el bocado delator; momento en que los Apóstoles señalan con su índice al discípulo traidor.

A la derecha e izquierda de Jesús están San Pedro y San Pablo, ambos con barbas y cabellos blancos. El ciclo de la Pasión seguiría en las escenas del friso que cubrían el muro oriental sobre el arco de herradura que da entrada a la capilla principal. Perdidos los temas en su mayor parte, aún se adivina, entre fragmentos desvaídos y zonas estériles, un ángel que podría integrarse en La Oración del Huerto.


En el lado opuesto dos borrosos contornos de figuras a caballo, acaso representen la guardia romana presente en La Crucifixión.

Según dejamos indicado, los cuatro muros de la nave contenían ocho composiciones con la Vida y Pasión y Muerte de Jesús, desarrollada en nueve escenas de gran porte.



LAS PINTURAS DEL ABSIDE



Teniendo en cuenta la idea que presidió al decorar este recinto, puede asegurarse que todas las paredes del ábside y la bóveda de cañón se cubrió de pinturas. Las pequeñas muestras irreconstruibles también lo acreditan, y estimamos corresponden a cuatro escenas más, que podrían ser las que continuaran la serie hasta finalizar con la de la Venida del Espíritu Santo, para culminar con la figura del Salvador en su
trono del Juicio Final.



Al fondo y protegido en parte por el retablo gótico que se centró en el ábside tapando la ventana rasgada, conserva en buen estado una composición ocupando el plano abocinado; arriba El Espíritu Santo descendiendo en forma de paloma, dentro de reducida mandorla; a ambos lados bandas polícromas irradian de fuera a dentro. En el frente, la composición se distribuye en dos Zonas ; la superior sobre la ventana y
la inferior, a ambos lados, hasta el zócalo. Con dificultad, aún podemos reconstruir en el espacio
semicircular hasta la bóveda, una cruz griega con cabujones, radiando de un círculo en el que se aprecia el Cordero de Dios nimbado. Unos ángeles se advierten sosteniendo la Cruz y dos figuras, acaso Caín y Abel, en actitud oferente.


A cada lado de la ventana central, pintados en su trono, tenemos a San Nicolás y a San Baudilio, identificados por las siglas de sus nombres con mayúsculas bien legibles. Entre ambos, perfectamente encajado debajo de la ventana, aparece la figura exótica de un ave zancuda de largo y curvado pico, acaso el pelícano, como emblema eucarístico, aunque más bien parace un ibis, animal sagrado en las antiguas
civilizaciones egipcias. Todo ello se apoya en una banda con inscripción ilegible por lo fragmentada.

Paralelamente queda un larguero de antipendio al que aludimos antes, apoyado en la mesa de piedra para la celebración de la Misa.


En el recorrido interior nos queda en el coro la capillita ya descrita, que avanza hasta la columna central. Su decoración representa en figuras de pequeño tamaño, La Adoración de Los Reyes. Centra el grupo la Virgen con el Niño en posición frontal; un Rey a cada lado le entrega sus ofrendas y el tercero aparece como perdido en la bovedilla sobre la ventana, guiado por un ángel. En el lado opuesto otro ángel
alancea a un dragón; encima aparece la mano de Dios.


Toda la escenografía ajustada a las Sagradas Letras, queda delimitada en sus diversos asuntos por bandas de vástagos con trifolios en ritmo ondulante; columnas con capiteles decorados con haces simétricos de hojas estilizadas, destacados collarinos, basas idénticas a los capiteles y fustes con toques salomónicos. Sobre las columnas se apoyan arcos rebajados o angulosos que cobijan las escenas, gravitando también
un pináculo torreado con puerta, hiladas de piedra y cupulilla, repetido a veces, sobre la clave del arco.


Los paramentos se cubren con una teoría de sillarejos bien concertados. En la cabecera y base corren bandas de ajedrezados e imitaciones de azulejerías y mosaicos. También en los arranques de los arcos desde la pilastra central se dibujan columnas de igual tipo en la cara del frente; en el resto, así coma en las caras laterales, se dan vástagos serpenteantes quebradas, meandros y galgos persiguiendo liebres.

En los pavimentos se suceden uniformemente huecos arqueados como indicio de saneamiento o calefacción por el sistema de "gloria". Las bandas de apoyo de alguna composición llevan meandros de cintas o tacos inscritos, regularmente encuadrados y yuxtapuestos. Este tema, tardío entre nosotros es uno de los más representativos en las iglesias francesas a partir del siglo XI.


Como hemos visto nada queda sin decorar; "La Biblia de los no letrados" se puso gráficamente bien de manifiesto a lo largo y a lo ancho de estos muros. El más explendente sabor románico rezuma todavía en sus doloridos paramentos.



El texto e imágenes corresponden al artículo LA ERMITA MOZÁRABE DE SAN BAUDELIO...


Autor: Teógenes Ortego. Publicado en "Revista de Soria", Primera época, nº 16, 1972.





Enlaces relacionados:
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Primer artículo de esta serie sobre San Baudelio de Teógenes Ortego
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